La primera muerte que lloro

El otro día moriste. Moriste y no lloré. No lloré porque no estaba. Y acabo de ver tus fotos y de ponerme a escribir y de empezar a llorar.

Lloré un poquito por ti el otro día. Por suerte me estaban abrazando. Lloré por ti y por tu barriga gorda y por tu culo de rana y por tu insoportable ladrido y por lo que estirabas de la correa y por lo lista que eras y por lo que te gustaba que te cogieran como a un bebé. Lloré por lo que te quería y me querías.

Ya eras mayor, y estabas sorda, y no veías más que manchas, y habías pasado un tumor y apenas podías subir al sofá. Y me querías, y supongo que me reconocías por el olor. Y te hacías una bola conmigo para dormir la siesta. Y apoyabas tu bracito como una persona. Y apoyabas tu cabeza en mi rodilla y estábamos los dos incómodos. Y recuerdo cómo te movías cuando te rascaba la barriga y cómo me aguantabas mientras jugaba con tus mofletes y tus orejas.

Te ibas muriendo poco a poco en los últimos años, pero, como dicen, nunca estás preparado para esto. La última vez que te vi estabas dormida. Era muy temprano y tú no lo sabías, pero yo me fui sabiendo que no te iba a volver a ver. Yo sabía que esa era la última vez. Y me despedí como cualquier otro día y te di un besazo en la nariz. Y me fui a hacer mi vida de adulto, a esperar el mensaje.

Cuando vuelva a casa y no te vea, me dolerá. Y eso significará que te quise muchísimo. Eres la primera muerte que lloro. Y estoy y estaré eternamente agradecido por la felicidad y el amor que me diste.

Te moriste, se acabó tu tiempo. Y soy feliz de haberlo podido pasar contigo y de que lo hayas podido pasar conmigo. Y ahora sigo adelante, viviendo por mí y viviendo por ti, apreciando más lo que tengo y lo que quiero. Entendiendo mejor la vida y la muerte.

Gracias por cuidarme todo este tiempo. Gracias Olga.