Día 2
Aprendo a valerme por mí mismo. Asimilo fácilmente que el individualismo o la individualidad es lo que rige el mundo. Me voy acostumbrando, progreso adecuadamente. Acepto diferentes acciones que la gente realiza por y para sí mismas, sin pensar en los demás. Acepto que mis amigos las hagan y no lo veo como algo egoísta. Yo también lo hago. Todavía siento una pequeña necesidad de buscar aceptación en esos momentos, pero la reprimo.
En otro orden de cosas, apenas me siento mal por esa persona. El golpe psicológico es evidente e inevitable, pero puedo con ello. Ya no lloro. Los sentimientos malos no me inundan más que unos minutos. Puedo dormir y apenas pienso en él. Empiezo a escuchar las canciones sin que me duelan. Afronto los momentos de debilidad interpretándolos como buenos recuerdos. Disfruto de los momentos de rabia interpretándolos como factores de aprendizaje y crecimiento. Sigo algo perturbado en el panorama sexual, pero estoy orgulloso de mí mismo. He decidido dejar de sufrir. Aunque temo encontrármelo porque está enfadado conmigo. Y me la suda, porque yo no tengo la culpa. Sin embargo, me aterra.
Tengo una ingente cantidad de trabajo. No estoy seguro de si lo hago realmente para cumplir los objetivos que me he impuesto o si la intención oculta de mi subconsciente es mantenerme ocupado para no pensar y, por lo tanto, para no sufrir. La pereza me va atrapando poco a poco, cada día tiene más fuerza. Mantengo 2 rutinas a rajatabla aunque me cueste, y me siento orgulloso. Sin embargo, las clases se me hacen cada vez más pesadas. El trabajo que debo hacer en casa es algo en lo que procuro no pensar. Me acerco una vez más al problema de cada año, de cada curso, de cada semestre. Descubrir que he ido cavando sin darme cuenta mi propia tumba. Por suerte, todavía es octubre. Confío en sanar lo suficiente para poder sobrevivir.
Va a ser duro. Muy duro. Por tu culpa. Esta es la mejor solución que has podido encontrar. No tienes más oportunidades, no puedes cagarla. No te animo, porque perder no es una opción. Sin embargo, confío en ti.
En otro orden de cosas, apenas me siento mal por esa persona. El golpe psicológico es evidente e inevitable, pero puedo con ello. Ya no lloro. Los sentimientos malos no me inundan más que unos minutos. Puedo dormir y apenas pienso en él. Empiezo a escuchar las canciones sin que me duelan. Afronto los momentos de debilidad interpretándolos como buenos recuerdos. Disfruto de los momentos de rabia interpretándolos como factores de aprendizaje y crecimiento. Sigo algo perturbado en el panorama sexual, pero estoy orgulloso de mí mismo. He decidido dejar de sufrir. Aunque temo encontrármelo porque está enfadado conmigo. Y me la suda, porque yo no tengo la culpa. Sin embargo, me aterra.
Tengo una ingente cantidad de trabajo. No estoy seguro de si lo hago realmente para cumplir los objetivos que me he impuesto o si la intención oculta de mi subconsciente es mantenerme ocupado para no pensar y, por lo tanto, para no sufrir. La pereza me va atrapando poco a poco, cada día tiene más fuerza. Mantengo 2 rutinas a rajatabla aunque me cueste, y me siento orgulloso. Sin embargo, las clases se me hacen cada vez más pesadas. El trabajo que debo hacer en casa es algo en lo que procuro no pensar. Me acerco una vez más al problema de cada año, de cada curso, de cada semestre. Descubrir que he ido cavando sin darme cuenta mi propia tumba. Por suerte, todavía es octubre. Confío en sanar lo suficiente para poder sobrevivir.
Va a ser duro. Muy duro. Por tu culpa. Esta es la mejor solución que has podido encontrar. No tienes más oportunidades, no puedes cagarla. No te animo, porque perder no es una opción. Sin embargo, confío en ti.