Una de esas cartas que se supone que no hay que enviar
El día que recuperé el control sobre mis emociones, decidí dejar de quererte.
Decidí dejar de quererte porque sabía que no volverías. Fue la decisión lógica. Confío en que tú hicieras algo parecido. Sabía que el pasado estaba muerto y nunca sería más que un bello recuerdo. Recuperar lo que fuimos era imposible, porque ya no éramos los mismos. La persona de la que me enamoré ya no era la misma. Ni yo tampoco. Y ninguno de los dos teníamos manera de desmentirlo tras tanto tiempo sin contacto. Así que decidí dejar de quererla. Así que decidí dejar de quererte. Pero no pude. Porque ya no te quería.
El sentimiento que quería dejar de sentir en realidad ya no estaba allí. Entonces, ¿por qué me dolías?
Evidentemente me dolió la ruptura, pero ya hacía meses de eso. Eso ya se había acabado. No era lo mismo, no era el mismo sentimiento. Me estaba doliendo diferente. Y al final lo entendí. De hecho, una persona anónima de internet que apareció porque sí sin yo buscarla, me lo hizo ver: Yo estaba bien. Mi corazón estaba bien. Tenía ganas de querer. Tenía ilusión. Y también tenía destrozado el ego.
Aprendí que el ego es una parte de nosotros dedicada a protegernos. A proteger, concretamente, a otras partes más vulnerables de nosotros.
Tras una trágica época pasada, tuve que dedicar mucho tiempo y esfuerzo para recuperar mi autoestima. Para luchar contra mis inseguridades. Para poder estar orgulloso de mí mismo y tenerme (y exigir) el respeto que me merezco. Y creo que al final me lo creí un poco. ¿God complex? Puede ser. La línea entre el bien y el mal era delgada y parece que se tornó borrosa.
Dicen que cuanto más alto estás, más dura es la caída. Pues del cielo al suelo se cayó mi ego. Eso me pasa por vivir en las nubes. Y claro, consecuentemente, las inseguridades y necesidades no cubiertas afloraron. Salieron de la nieve como setas.
Por suerte vicisitudes del destino yo ya tenía una buena cantidad de experiencia gestionándolas. Era fácil, ahora que conocía la raíz del problema.
Un día me puse celoso.
Nunca lo había sido contigo. Nunca lo había sido porque confiaba en ti plenamente. Te confié demasiado, incluso. O mejor dicho, te cargué con más responsabilidad de la que debía. Pero de eso hablaré luego. Confiaba en ti y por eso nunca tuve ningún problema de celos. Hasta que dejé de confiar en ti. Y por primera vez en años, me puse celoso.
No los entendí. En absoluto. ¿Celos? ¿De qué? Nunca tuvimos una relación de desconfianza. Yo aún diría más, en ese momento hacía mucho que no teníamos ninguna relación. ¿Qué celos ni qué celos? Lo bueno es que supe identificar el sentimiento. Hablé con una buena amiga con experiencia en relaciones abiertas, que tuvo que aprender a gestionar sus celos en el pasado. Gracias a lo que me explicó, pude entenderlos. Sorprendentemente, tenían sentido. Y bueno, me gustaran o no, eran mis sentimientos y debía aceptarlos y gestionarlos. Hablo de ellos aquí.
Una de las cosas que más difícil me resultó fue aprender a dejar de idealizarte.
Aprendí rápido que te tenía idealizado. Te veía prácticamente perfecto. Lo que se podrían considerar defectos no me eran significativos. Recuerdo que, cuando la gente me preguntaba "qué tal con tu novio?" acababa diciendo algo como "no puedo decir nada malo!". Y era totalmente cierto, te disfruté muchísimo. Hasta el final.
Cada vez que intentaba dejar de idealizarte me era imposible. Eras la mejor parte de mi semana. Cuando estaba contigo, todo iba bien. No pensaba en nada más. Intentaba recordar algo malo y no podía. No había archivos que recuperar. Y como apenas volvimos a tener contacto, no tuve la oportunidad de conocerte fuera de nuestra relación; así que nunca pude ver de verdad tus defectos. Como ya no estábamos juntos, ni siquiera podía reprocharte que no me felicitases en mi cumpleaños. ¿Cómo iba a desidealizar a alguien que me ha hecho feliz y cuyas cosas malas no conocía? No tenía un recuerdo malo al que agarrarme. Hasta que un día se lo estaba contando a una amiga y al decirlo en voz alta lo comprendí. Comprendí por qué te idealicé. Eras la mejor parte de mi semana. Cuando estaba contigo, todo iba bien. Porque todo lo demás iba mal.
Eso también provocó que acabase utilizándote demasiado para desahogarme y haciéndote de algún modo demasiado responsable de mi salud mental. No fue una decisión consciente. Tampoco puedo culparme ni culparte. Confío en que los dos lo hicimos lo mejor que supimos cuando pudimos.
Ayer vi la imagen que corona esta entrada en el Instagram de @alfonsocasas y me dio una bofetada de realidad.
A veces las personas decimos mentiras como estas porque asimilar poco a poco duele menos que asimilar de golpe. Como cuando el niño pequeño te pide que le compres algo y en lugar de decirle que no le dices "otro día"; así no eres el malo porque no le has dicho que no del todo, aunque confías plenamente en que se le vaya olvidando poco a poco. Como cuando te despides de alguien diciendo que ya quedaréis algún día, aunque no tengas ninguna intención de dedicarle el más mínimo esfuerzo a hacerlo. Y bueno, supongo que también son mentiras que nos decimos a nosotros mismos.
Yo mismo dije algo así cuando nos vimos; que me gustaría que nos llevásemos bien, que no me gustaría que perdiésemos el contacto. La verdad es que fui muy honesto contigo cuando lo dije. Lo que no sé es si estaba siendo honesto conmigo mismo. ¿De verdad quería mantener el contacto contigo? ¿O me era más cómodo organizar así mi mente? Engañándome a mí mismo, decidiendo creer una realidad construida, porque era más fácil concluir así que con un "bueno, un placer, si nos volvemos a cruzar pues estupendo y si no pues la verdad, me da un poco igual".
Independientemente de la respuesta, tengo la conciencia tranquila, porque en todo momento dije exactamente lo que sentía. Además, creo que tú tuviste claro que no íbamos a mantener el contacto desde que te metiste en el coche para irte. Al fin y al cabo, nunca has demostrado lo contrario desde entonces. Y lo respeto. Y no te juzgo por ello.
A veces te recuerdo y sonrío. Y te recuerdo en las galletas, en los triceratops, en las banderitas y en las buganvillas. Te recuerdo en los cuellos Perkins, las camisas de felpa y el color borgoña. Y sonrío por todo lo que te quise y todo lo querido que me sentí.
A partir de hoy ya no estás silenciado. Y decido recordarte con cariño, porque así es como soy y eso es lo que hago. Y puedo hacerlo porque soy libre, porque ya no me dueles.
Una vez más, jamás te diría nada de esto. Si lo has leído, es porque has venido buscándolo.
