Un mundo feliz

 El otro día leí que, a partir de los 25, la amistad se basaba en contarle problemas a tus amigos y compartir los consejos que os da el psicólogo. Y tiene gracia, porque es verdad (al menos, en parte).

Es curioso cómo el sistema nos destruye hasta el punto en que, a los 25, muchos de nosotros ya hemos pasado por episodios ansiosos, depresivos o traumáticos. Es curioso cómo no tenemos herramientas para entender y gestionar esas emociones. Bueno, no; no es curioso. Es triste, y es capitalismo. No se nos enseña a gestionar las emociones, no se nos educa para ello, no se protege nuestra salud mental. Se nos cría y educa como máquinas de generar dinero para encajar en el sistema. 

Es tétrico cómo la inmensa mayoría de personas de más de 45 años tengan que recurrir a pastillas para dormir, para relajarse, para aliviar la tensión acumulada o para evitar o soportar la depresión. Y que no se me malentienda, la medicación es una herramienta estupenda y válida y muchas veces necesaria. No critico el uso de la medicación, sino la falta de prevención de los trastornos que llevan a su consumo y la falta de asistencia psicológica o psiquiátrica.

Por otro lado también gestionamos estos sentimientos con alcohol, comida, azúcar o cocaína; no nos libramos ninguno. Hemos normalizado recurrir a las drogas para poder soportar la vida diaria y a nadie le importa. Huxley, ¿tienes algo que decir al respecto? Y no solo drogas, hablemos de sexo. ¿En qué momento nos pareció buena idea utilizar el sexo como herramienta de gestión de nuestra represión o falta de autoestima? En el fondo sabíamos que no funcionaría. Pero era una opción mejor que la cocaína. O a veces no.

Vivimos tristes. Vivimos deseando que el tiempo pase más deprisa. Vivimos deseando que llegue la hora de salir de trabajar o junio para acabar el curso. "Vivimos pensando que algo va a pasar y que, cuando pase, todo se arreglará" (Gopegui, B. (2009). Deseo de ser punk. Anagrama.). Nuestra salud mental está tan destrozada que dejamos de utilizar la comida, el sexo, el alcohol, el azúcar o las demás drogas para el disfrute y las relegamos a un papel paliativo para soportar la terrible realidad en la que existimos. Aguantamos y aguantamos confiando en que la felicidad llegará y al final aguantamos y aguantamos hasta que nos jubilamos con una vida insulsa que nadie recordará. Hasta que inevitablemente nos morimos y dejamos un precioso cadáver lleno de ansiedad, drogas y/o psicofármacos.

Siento que día tras día se nos va arrebatando la poca humanidad que nos queda; y acabo preguntándome qué nos diferenciará de las máquinas si los robots son cada día más humanos y las personas menos. Ni siquiera quiero pensar si destrozar nuestra ilusión, bondad, curiosidad y creatividad es la intención principal o un daño colateral. No necesitamos ser máquinas insensibles e individualistas con gintonics como combustible. Necesitamos ser felices.